viernes, 2 de septiembre de 2016

La terrible cordura del idiota

Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert en "Idiota"
"Idiota", de Jordi Casanova. Dirección de Israel Elejalde. Producción de Israel Elejalde, Gonzalo de Castro, Kamikaze Producciones y Buxman Producciones. Teatro Kamikaze de Madrid. Comentario a la función del 27 de agosto de 2016.

Toca pedir albricias por la buena nueva: nace un teatro en Madrid, o mejor renace, rescatado de ese limbo triste lleno de polvo al que van a parar los teatros abandonados (iba a escribir los teatros viejos, pero los teatros viejos no existen, la vida que albergan les dota de una eterna juventud mientras manan las emociones desde sus tablas y replican las emociones desde sus patios de butacas). Haciendo buena la vocación temeraria de su nombre, los kamikazes levantan el Pavón cuando apenas ha empezado a caer, idas en buena hora las huestes del Clásico a habitar la también renacida (y añorada) Comedia. Iniciativa y valor es lo que demuestran Israel Elejalde, Aitor Tejada, Miguel del Arco y Jorge Buxó, los atrevidos paladines de una causa que merece triunfar porque señala un camino en medio del páramo, porque es bueno que, complementando el imprescindible papel de los teatros sostenidos con fondos públicos, existan otros que se alimentan de la energía cívica de los profesionales comprometidos y de los ciudadanos inquietos. Somos muchos los que esperamos lo mejor de esa concurrencia, los que deseamos sinceramente una singladura no plácida (no puede serlo, no debe serlo) pero sí feliz y duradera de esa nave que sale a mar abierto, ganando espacio, impulsada por un puñado de montajes que están entre lo mejor que se ha hecho en los últimos años en la escena española, desde “La función por hacer” que tanto gozo dio, y tanta sorpresa, hasta el último “Hamlet”, cadavérico, fantasmal y atormentado, pasando por la Helena devastada de “Juicio a una zorra”, el pugilismo sentimental de “La clausura del amor”, o la amarga lucidez de “Misántropo”. Este ejercicio de recuperación otorga al Teatro Kamikaze el carácter desacostumbrado en estas latitudes de teatro de repertorio, en el que prometen convivir montajes nuevos con producciones recientes que se ofrecen tanto al público no saciado, repetidor, como a aquellos menos atentos que se quedaron en su momento sin entradas, y cuyos ruegos y lamentos han obtenido al fin respuesta.  


Y para abrir boca, como montaje seminal, sube a las tablas el texto de Jordi Casanovas titulado “Idiota”, una comedia negra que se desenvuelve en un ambiente de siniestra asepsia, de científicos malvados de bata blanca y lucecitas giratorias, en el que un atribulado Juan Nadie (deudas, frustración, fracaso) se presta a participar en un experimento de corte psicológico que le deja encerrado, en manos de una doctora implacable y bajo el ojo voraz de las cámaras, sujeto despersonalizado de una disección moral que corretea entretanto como esas ratitas encerradas bajo un foco en un cajón. Las pruebas simples y en apariencia inofensivas a las que es sometido el individuo, esconden en realidad un juego de desproporcionadas consecuencias que se revela cruel. Vemos el poder desagradable, siempre sucio, del dinero, el abuso de la corporación anónima sobre el individuo desarmado, la tiranía de la letra pequeña contra la libertad de decisión, pero también apreciamos allá en el fondo ese poso último de resistencia en el que se agazapa la maltratada dignidad del ser humano. Israel Elejalde dirige con claridad y buen pulso, administrando sabiamente el encajonamiento de los personajes, la claustrofobia de un escenario achicado que tiene algo de celda y algo de jaula, multiplicada la agobiante sensación de encierro por la distancia física impuesta que se adivina entre los personajes, como un colchón virtual que les ciñese el cuerpo, y que se ve ampliado por la existencia de una jerarquía nacida de la ventaja, la segurísima doctora que conoce y controla la situación frente al cada vez más desbordado sujeto embarcado, desde su ignorancia y su desesperada situación, en un viaje emocional que le lleva de la angustia al miedo y del sometimiento a la rebeldía. Esos tránsitos, con todas sus paradas intermedias, los representa con tino y excelencia Gonzalo de Castro, graciosísimo en sus visajes cómicos, profundo cuando texto y dirección demandan que el personaje desnude sus sentimientos más escondidos, preciso para trazar el retrato de un tipo vulgar, el hombre corriente que se acoda en la barra para contar un chiste insustancial mientras se hurga entre los dientes con un palillo. Y dándole la réplica, sosteniendo su personaje con suficiencia frente al torrente que le llega del otro lado del escenario, Elisabet Gelabert administra la frialdad cordial y sugerente de la doctora encargada de ir apretando las tuercas psicológicas y morales del sujeto, prendido por su necesidad del anzuelo del dinero ofrecido por participar en el ensayo, y del que se le promete además si va más allá y se atreve a cruzar las líneas de lo éticamente repugnante. Embutida en su bata blanca, jovial y dominadora, atornilla al desgraciado no por animadversión personal, ni tan siquiera por vocación práctica, sino esclavizada también por los intereses y la voluntad de unos clientes sin rostro. Enriquece el marco para el talento interpretativo la escenografía entre búnker y celda de Eduardo Moreno, magníficamente iluminada por Juanjo Llorens. Buen arranque de este Teatro Kamikaze del que esperamos tanto, y para el que tan buena suerte deseamos a sus patronos. 

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