lunes, 10 de diciembre de 2018

Cuando Lope quiere

"El castigo sin venganza", de Lope de Vega
"El castigo sin venganza", de Lope de Vega. Versión de Álvaro Tato. Dirección de Helena Pimenta. Compañía Nacional de Teatro Clásico. Teatro de la Comedia de Madrid. Comentario a la función del día 22 de noviembre de 2018.


Para su despedida como responsable de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Helena Pimenta ha escogido la tragedia más áspera de un Lope que al final de su vida aún exprime su talento con notable resultado. En “El castigo sin venganza”, inspirado en una historia real acontecida en la Italia del siglo XV, Lope bate un crisol de temas habituales (honor, rectitud, lealtad, buen gobierno) y sentimientos recurrentes (amor, celos, despecho, deseo de venganza) con maestría dramática, y con la capacidad de penetración en la sicología de los personajes que solo un ser humano muy vivido y experimentado puede llegar a alcanzar. El duque de Ferrara, gobernante que ha llegado soltero a la edad madura y que es conocido por una vida licenciosa que está en boca de las gentes, desea ahora concertar un matrimonio que le depare a la vez una alianza política con Mantua, y la posibilidad de engendrar un heredero legítimo. El conde Federico, hijo bastardo del duque, y el mayor perjudicado por sus planes nupciales, pues de la concepción de un hermano dentro de un matrimonio social y religiosamente bendecido se desprende la pérdida de su condición de heredero, recibe el encargo de acompañar en su viaje a Ferrara a Casandra, la elegida para esposarse con su padre el duque. Del encuentro entre ambos a través de una peripecia arriesgada en un río, y del posterior desengaño que el trato despegado e inamoroso del duque hacia su esposa provoca en la joven, nace una relación fogosa en la que el riesgo y la conciencia de lo prohibido no hace sino avivar la llama. Enterado el duque del engaño que está sufriendo, refrena el impulso inicial que le empuja a una venganza sangrienta, y urde una treta que le permita a la vez castigar a los desleales y poner a salvo su honor, maquillando el asesinato de sus ofensores con una motivación de orden político.
El montaje insiste en las virtudes que el “estilo Pimenta” ha implantado en sus trabajos para la Compañía (destacables todos sin excepción, algunos de ellos memorables): amplias escenografías que en algunas escenas del presente montaje proyectan una impresionante sensación de profundidad (más allá del uso del juego de espejos que es un recurso cada vez más común sobre los escenarios, aunque en ese caso trae a escena un elemento que aparece en el texto con papel protagonista); un vestuario que crea traslaciones temporales afortunadas que nos llevan a pensar en Doctor Zhivago o en los tiempos atribulados de la Gran Guerra; acertada selección musical que realza y subraya el poder visual de las escenas que acompaña; iluminación medida que empuja el ánimo, con su negrura, hacia momentos de particular desolación; mimo al verso y amor a la palabra en una versión más de Álvaro Tato; un trabajo impecable, pulido hasta el mínimo detalles, de los actores con nutrida presencia de sospechosos habituales como Joaquín Notario, Rafa Castejón o Nuria Gallardo. Pimenta indaga con acierto en todos los pliegues de unos personajes de densa y compleja sicología. Porque el duque de Ferrara que nos ofrece no es solo el bruto libidinoso y prostibulario, o el político oportunista y manipulador, sino que sin desmentir los rasgos más antipáticos del personaje, nos muestra los momentos de turbación del padre amoroso, y los del gobernante preocupado por las consecuencias que su vida dispersa acarrea sobre el futuro de su ducado y el bienestar de sus gentes. Y el conde Federico no es tan solo el bastardo ambicioso dividido entre el amor y fidelidad debidos al padre, ni el heredero contrariado por el posible nacimiento del hermano que le ha de desplazar, ni el joven asolado por un enamoramiento incontrolable en el que se esconde su propia destrucción, sino que es un compendio de todas esas facetas cuya suma alcanza para ofrecernos la conmovedora autenticidad de un ser humano. Y Casandra no presenta tampoco un solo perfil definido, aunque destaque en su carácter la sinceridad con que, esposa postergada, se entrega a las carnales delicias imprudentes que le reporta su relación con su amante, porque en la joven e impetuosa cortesana que no ha sido educada para soportar el desprecio y el maltrato, podemos apreciar también la fragilidad y el miedo que colonizan su ánimo rebelde y vengativo. Esa misma conjunción de ánimos y humores (amor, celos, venganza) enriquece al personaje de Aurora, atravesada a un tiempo por la rabia, la lealtad y el despecho que la lleva a desencadenar la tragedia delatando a los amantes. Todas estas pulsiones, todos los recovecos del alma de los personajes que con tan magistral pluma y sabio discernimiento plasmó Lope, son mostrados por los actores protagonistas. Joaquín Notario con su duque de Ferrara cuajado y señorial cuando ejerce majestad sobre el trono, pero también sombra avergonzada cuando busca los placeres de la noche. Rafa Castejón sabe ser a un tiempo el casi adolescente rendido a su pasión destructora, y el hombre sensato que trata de calibrar antes de arrojarse al fuego las consecuencias funestas de su traición. Beatriz Argüello arma a su Casandra de una tensa altivez cargada de energía con la que debe sufrir al marido negligente, al tiempo que rinde al amante su carácter fogoso e imprudente. Nuria Gallardo arde en dolor y en los mismos celos que intenta provocar en el primo desleal y ahora desdeñoso. Fantásticos también los trabajos de Lola Baldrich como Lucrecia, el inefable Batín de Carlos Chamorro o Javier Collado como el Marqués de Gonzaga. En el Teatro de la Comedia, hasta el 9 de febrero de 2018.

domingo, 25 de noviembre de 2018

El jardinero fiel

"Todas las noches de un día", en el Teatro Bellas Artes
"Todas las noches de un día", de Alberto Conejero. Dirección de Luis Luque. Pentación Espectáculos. Teatro Bellas Artes de Madrid. Comentario a la función del día 21 de noviembre de 2018.


Veo “Todas las noches de un día”, obra de Alberto Conejero puesta en escena bajo la dirección de Luis Luque, con el ánimo encandilado con el que veo todavía los viejos melodramas cinematográficos rodados en blanco y negro. Veo al personaje de Ana Torrent y pienso en Barbara Stanwyck con una tobillera dorada y una toalla ceñida como únicas prendas, o en Bette Davies fumando con las piernas cruzadas y con aire de suficiencia y desenfado, y en el Samuel de Carmelo Gómez advierto reminiscencias del Frankenstein tierno de Boris Karloff tratando de domesticar su vigor indomesticable para no maltratar las flores. Montaje y texto confluyen en una escenografía opresiva y desolada, acorde con el lirismo sincero y amargo de una historia hecha de silencios elocuentes tanto como de palabras encendidas. Samuel es el jardinero de una casa en apariencia abandonada por una propietaria a la que nadie ha vuelto a ver en un largo período de tiempo. Una investigación policial al respecto de la desaparición desencadena la trama, que se va desarrollando a través del diálogo del jardinero con un policía invisible y de la presencia fantasmal, llegada del pasado, de Silvia, la mujer desaparecida, ser solitario y de costumbres escandalosas que dio empleo y cobijo a Samuel. Más allá de la resolución del enigma de la desaparición de Silvia, la obra sostiene su interés y su fuerza en la relación compleja y atormentada entre el ingenuo jardinero y la mujer sofisticada, una historia de las de toda la vida que contiene la espera de cartas anheladas que no terminan de llegar, sacrificios callados, amores imposibles hechos de agradecimiento y de indesmayable fidelidad. El montaje tiene el encanto de un clasicismo elegante. Carmelo Gómez hace asomar con maestría en el Samuel maduro todo el temor y la inocencia del jardinero joven que, huyendo de sus propios fantasmas, haya refugio bajo el techo de esa mujer fascinante que tan bien dibuja Ana Torrent. El trabajo de ambos actores está determinado por una intensidad casi irresistible que se expresa precisamente a través de la contención de las emociones que, sin embargo, y a cada paso amenazan con desbordarles. Esa tensión que pone brida a los sentimientos encendidos genera una corriente poderosa que se traslada, como la electricidad, desde el escenario al patio de butacas, logrando implicar y conmover. Emociona también la presencia alegórica, presentida, de esa naturaleza aprisionada que vive en los jardines cerrados y dentro de los invernaderos, y la identificación de los sentimientos y deseos de los personajes con las características de las flores y las plantas, a las que la poesía de Conejero dota de un ánima alada o de un espíritu resistente que da a los personajes desesperados un ejemplo vivo de resistencia. Un espectáculo agradecido que gustará a todo el mundo. Hasta el 6 de enero en el Teatro Bellas Artes.

Admirable esperpento

"Luces de Bohemia" en el María Guerrero
"Luces de Bohemia", de Ramón María del Valle-Inclán. Dirección de Alfredo Sanzol. Una producción del Centro Dramático Nacional. Teatro María Guerrero. Comentario a la función del día 14 de noviembre de 2018.


El encuentro de Alfredo Sanzol con “Luces de bohemia”, el experimento expresionista al que Valle-Inclán dio el carpetovetónico nombre de esperpento, se resuelve en un montaje tan brillante como el Madrid absurdo y hambriento en el que el autor ubicó el peregrinar amargo de su Homero famélico. Una vez más, nos estremecemos con el deambular sonámbulo del poeta de estampa quijotesca, cegado por la sífilis y enfurecido por la indiferencia de los que desprecian su talento, el hombre de mérito aniquilado por la vida golfa, la miseria y el alcohol. La representación (íntegra) del texto nos conduce de la mano a través de un espacio diáfano, puro esqueleto escenográfico, en el que reina el espejo, protagonista de la gran metáfora valleinclanesca y su manifiesto definidor del esperpento (España como deformación grotesca de la civilización occidental, los héroes clásicos se retuercen convertidos en mueca frente a los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato). Sumidos en una penumbra tenebrosa, cuando no en una luz turbia y oscilante de buhardilla, calabozo y taberna, Max Estrella, el primer poeta de España, traza su vía crucis al encuentro con la muerte a través de estaciones de parada que son espacios cargados de simbolismo que se definen a través de un realismo turbio y sistemáticamente deformado: la buhardilla miserable en la que languidecen el poeta y su familia, la librería convertida en un mechinal húmedo cual cueva de ladrones, la taberna en la que el borracho arquetípico devana incoherencias, el calabozo bajo el Ministerio donde bulle una airada revolución en ciernes, la redacción del periódico que es el hogar de la propaganda y del fatuo ditirambo, la secretaría del Ministerio donde el funcionario oficioso y finolis exuda burocracia, el café modernista como mundo etéreo de dandis perfumados y florilegios vanos. Sanzol exprime la estética retorcida preconizada por Valle-Inclán a través de escenas resueltas con dinamismo dramático, y con su agudo sentido de la comicidad. No sacrifica la dignidad emocionante del poeta, ni oculta su condición de golfo noctámbulo y derrochador. Vemos en plenitud el regio desprendimiento del hombre que “cuelga” su capa en la casa de empeños para comprar lotería, y para pagar las rondas al gorrón curda y malicioso que caracolea, zalamero, entre sus pies. Vemos el busto erguido y la palabra plena del que no tiene ni con qué poblar su mesa, ni con qué calentar su casa, y aun así, truena en la noche de carreras y cristales rotos como el profeta que se siento pueblo, y que ventea ya la inminente llegada del reino a lomos de la revolución proletaria. Y así, sobre el escenario, cabe al fin entera la España herida y contrahecha de Valle-Inclán: místicos, corruptos, borrachos, hambrientos, chulos feroces, poetas hueros y atildados que se aferran a un ingenio decorativo de pullas estériles, serenos cachazudos, putas tristes, cabalistas alucinados, proletarios levantiscos, honrados propietarios, que en sus evoluciones goyescas, aquelarre de garrotazos, dibujan un pasado que nos incomoda cuando su brillo sucio horada hasta nuestros pies para mostrarnos las similitudes con un país que no ha perdido del todo sus rasgos grotescos.

Los ojos quietos pero iluminados de Juan Codina anticipan su magistral interpretación. El actor nos da un Max Estrella astroso pero altivo, quijotesco y un poco lunático, y a la vez lúcido conocedor del fango en el que la sociedad entera parece chapotear, tierno y sinvergüenza, consciente de la negra situación de su familia pero a la vez derrochador y negligente a la hora de atender a su cuidado. Todos los dobleces de un personaje muy arriesgado, porque siempre está al filo mismo de convertirse en una caricatura a poco que el actor se deje llevar, están en la interpretación de Codina: la brutalidad del resentido, la fragilidad del menesteroso, la vergüenza del que pide cuando se cree con derecho a exigir, la furia del que ha perdido hasta el recuerdo de la luz, la indulgencia consigo mismo del que ha malgastado en la bohemia su inteligencia y su talento, el desvalimiento del que muere de frío y melopea tumbado en un portal. Chema Adeva aguanta el tirón componiendo un don Latino cachazudo y aguardentoso, el hombre taimado, sanchopancesco y ruin que revolotea alrededor de la luz de Estrella como un moscardón aprovechado, cabal expresión del egoísmo y la bajeza. Junto al par de caminantes sonámbulos, un reparto amplio que desdobla en ocasiones sus papeles y ofrece en conjunto un trabajo extraordinario, del que destacaría el desaforado y sainetesco Basilio Soulinake de Jorge Kent (estupendo también como el sereno contrahecho), el elegante y soñador Rubén Darío de Ángel Ruiz, o el disparatado y, más que modernista, ultramoderno y colorista poeta que dibuja Kevin de la Rosa. Un clásico más que nunca contemporáneo, una delicia amarga que no se debe dejar de disfrutar.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Cachivaches

Gonzalo de Castro y Tristán Ulloa en "El precio", de Arthur Miller
"El precio", de Arthur Miller. Dirección de Silvia Munt. Producción de Bitò. El Pavón Teatro Kamikaze. Comentario a la función del día 30 de octubre de 2018.


La cosa va de relaciones familiares, naturalmente conflictivas, agitadas aún más por los efectos de una crisis económica devastadora (1929, 2008, qué más da: paro desbocado, fortunas disueltas, desahucios, el miedo y la vergüenza por no llegar a fin de mes), y va también de mezquindades, propias y ajenas, y de sueños pisoteados, de cobardías, oportunismo, abandono y resignación. “El precio”, de Arthur Miller, estrenada en 1968 en los Estados Unidos de Vietnam y los derechos civiles, escruta, a través de lo que queda de la familia Franz, en un pasado entonces reciente definido por el crack bursátil y las consecuencias de la consiguiente depresión económica. El modesto policía Victor Franz, y su jovial esposa Esther, se encuentran en el desván de la antigua casa del padre de Victor, ubicada en un edificio a punto de ser demolido. Allí se amontonan objetos de valor variable, en su mayoría cachivaches polvorientos, que Victor intenta vender a un precio razonable al peculiar Solomon, anciano judío tratante de trastos. Alcanzado ya el acuerdo, no sin tiras y aflojas, y cuando se está acometiendo el pago en efectivo por el lote completo, aparece Walter, hermano de Victor, cirujano de éxito. Las tensiones se desplazan entonces al pasado compartido por los dos hermanos. Victor, una vez que la ruina económica ha destrozado a su padre, sacrifica sus sueños (alentados por una innegable capacidad) de convertirse en científico para permanecer junto a él y mantenerlo con su trabajo fijo modestamente remunerado de funcionario. Walter, por el contrario, abandona el hogar y emprende el vuelo desamarrado del lastre de la ruina familiar hasta conseguir la posición desahogada que le permite mantener un estilo de vida lujoso. También Esther, la esposa de Victor, participa muy secundariamente en la disputa, aportando la exhibición de sus propias frustraciones, acogotada por las estrecheces y cansada de un estilo de vida marcado por la sensación de provisionalidad. Sobre estas premisas (un texto clásico basado en la tensión entre los hermanos con la distensión ocasional que aporta el personaje de Solomon y su cachazuda sabiduría de negociante), Silvia Munt dirige un montaje de que podríamos llamar de líneas clásicas: elegante y preciso. Una escenografía amplia muy bien iluminada en la que el amontonamiento de los muebles arrinconados enmarca el cuadrilátero figurado en que se ha convertido la estancia, unos actores concentrados en la (re)creación de sus personajes, y unos elementos musicales y audiovisuales administrados con tino que complementan una lograda ambientación. El reparto ofrece lo que prometía dada la reconocida solvencia de los intérpretes escogidos. Tristán Ulloa aporta al policía al borde del retiro Victor Franz el punto justo de equilibrio entre la rabia nacida de la frustración y del resentimiento, y una ternura casi inapreciable entre las sacudidas furiosas, que se amalgaman con una dosis justa de fragilidad. Es un personaje construido hacia adentro, no por su aparente ensimismamiento sino por esa contención potencialmente explosiva que convierte a un hombre tranquilo en una olla en estado de ebullición. Gonzalo de Castro apresta todo su arsenal de gestos para sostener a Walter, el triunfador siempre perseguido por la sombra de la culpa, el hombre aparentemente cínico que sabe que su éxito es la cara luminosa que ensombrece aún más la abnegada renuncia de su hermano, como el desertor que se estremece mientras ve caer las bombas sobre los compañeros que resistieron a pie firme en la trinchera. Hay en su equilibrada interpretación una naturalidad tan marcada que nos impide dejar de ver al actor pero que no termina de estrangular al personaje. Más arriesgada y transformista es la apuesta de Eduardo Blanco, que nos ofrece un Solomon en ruinas, sujeto apenas a la vida como el viejo edificio apuntalado en cuyo desplome inminente quiere cerrar el último trato: el brazo tembloroso, la voz ronca y temblorosa de un impenitente fumador, el desaliño indumentario, las maneras taimadas de embaucador, el maletín de los prodigios que lo contiene todo, son elementos que caracterizan a un personaje que alberga una sabiduría venenosa y al que el actor sostiene con un trabajo espléndido. Elisabet Gelabert es la desencantada Esther, vestida tal vez con más elegancia de lo que le permite una situación siempre en precario, deseosa aún por ilusionarse ante la promesa de una inyección de fondos inesperada, y otra vez sometida por la desesperante sensación de precariedad en la que habitan las clases medias depauperadas por una crisis que se ha llevado por delante las expectativas vitales de una generación. Insisto en la elegancia del montaje, perfumado con el aroma nunca añejo del teatro de siempre, y con argumentos sobrados para convencer a todo el mundo. Hasta el seis de enero en el Kamikaze.