lunes, 27 de agosto de 2018

Saga Lehman: only in America

"Lehman Trilogy" en los Teatros del Canal de Madrid
"Lehman Trilogy", de Stefano Massini. Versión y dirección de Sergio Peris-Mencheta. Producción Barco Pirata. Teatros del Canal de Madrid. Comentario a la función del día 24 de agosto de 2018.


En el agosto claudicante de un Madrid que ya intuye la llegada del otoño, comienzan a llamarnos desde las carteleras los primeros montajes de una temporada teatral llena de tentadoras propuestas. En la Sala Verde de los Teatros del Canal se estrena (en Madrid) la adaptación en clave musical (balada para sexteto en tres actos, más precisamente) realizada por Sergio Peris- Mencheta de la obra de Stefano Massini (Picolo Teatro di Milano) “Lehman Trilogy”. La versión, además de musicalizar el texto, condensa su duración y lo estructura en tres actos de algo menos de una hora de duración cada uno, con dos breves intermedios, frente a las cinco horas de los montajes ajustados al texto original. El resultado es un espectáculo dinámico y brillante, montado sobre una escenografía de tendencia circular y regusto circense, en el que con un ritmo endiablado pero con una claridad expositiva en la que se agradece la nula tentación adoctrinadora, se representan las escenas que resumen el surgimiento, plenitud y decadencia de uno de los linajes que ejemplifican una versión del capitalismo norteamericano y, por ende universal.
Entre la masa de migrantes (varios millones en unas pocas décadas) que a mediados del siglo XIX abandonaron una Europa inquietante (el hambre irlandesa, pogromos, guerras), un movimiento de población cuyos números y resultados deberían alejar nuestros miedos ante aquellos que se mueven ahora por los mismos motivos y con los mismos fines, un judío de Baviera llamado Hayum Lehmann arrastra su maleta por la América de 1844, ávida de brazos productivos que poblasen el vacío demográfico de su amplio territorio. Convertido en Henry Lehman, e impulsado por el instinto comercial típicamente atribuido a los miembros de su grupo étnico, comienza a excavar los cimientos de su negocio desde un mechinal modesto en Alabama donde trapichea con algodón desde la peculiar condición de intermediario. Pocos años después, con sus recién llegados hermanos Emanuel y Mayer, fundarán “Lehman Brothers”, y comenzarán a diversificar sus actividades, hasta convertirse en la institución financiera radicada en Nueva York, símbolo del primer episodio de la última crisis transformadora del capitalismo iniciada en 2008. Son esos 150 años de actividad económica los que se condensan en el montaje con maestría, a través de un dinámico juego de escenas casi caleidoscópicas en las que los hermanos fundadores y sus descendientes van consolidando su posición social, hasta vivificar y fortalecer sus ramas entroncando con sagas poderosas dentro de la aristocracia financiera norteamericana, y ocupando inevitablemente influyentes puestos políticos. El montaje huye de una dialéctica moralizante o adoctrinadora, y opta por una narrativa tocada por la gracia de la comedia que invita al espectador a sacar sus propias conclusiones. Aunque en este juego se perfilen rasgos que ilustran con aire un poco circense la personalidad característica de los distintos personajes, hay en su tratamiento una ternura llena de esencial humanidad que nos acerca a sus sueños y anhelos, a la condición del migrante que se abre paso a dentelladas en el magma del capitalismo desacomplejado. Desde el Henry de la maleta a rastras hasta el último Lehman con el que se agota la estirpe, hay una historia de aculturación y desarraigo en la que la práctica superficial de los ritos sustituye a las costumbres que articulan la supervivencia del grupo. Y hay también, cómo no, en el montaje una visión transparente del capitalismo rapaz que se nutre del sudor de los otros, imperios económicos elevados sobre la transacción improductiva y el mero intercambio del fruto del trabajo ajeno, un sistema económico flexible que todo lo fagocita y que se adapta sin rival a un concepto de prosperidad basado en el ganar para tener con qué ganar más.
Los puntos fuertes del montaje ya están enunciados, pero no está por demás señalarlos otra vez: ritmo, dinamismo, frescura, ambición, seis actores desmadrados que se multiplican en un esfuerzo generoso de interpretación, un ramillete de temas musicales que van enmarcando temporal y hasta emocionalmente los distintos cuadros, por cierto que ejecutados algunos con tan magistral dominio de un tempo en permanente accelerando que poco falta para sucumbir al vértigo, como la magistral la escena de la evaluación de las candidatas a esposa en la que Víctor Clavijo transformado en Philip Lehman da un recital de precisión a una velocidad casi imposible. Junto a Clavijo, excelentes interpretaciones multiplicadas de sus compañeros de reparto Aitor Beltrán, Darío Paso (grande su Boby Lehman), Pepe Lorente, Leandro Rivera y el autor de los temas musicales e intérprete del personaje de Henry Lehman, Litus Ruiz.

lunes, 16 de julio de 2018

¿Arde Roma?

Raúl Arévalo como Nerón
"Nerón", de Eduardo Galán y Sandra García. Dirección de Alberto Castrillo-Ferrer. Producción Festival Internacional de Teatro de Mérida y Secuencia 3. Teatro Romano de Mérida. Comentario a la función del día 14 de julio de 2018.

El Festival de Mérida ha presentado “Nerón”, obra de Eduardo Galán y Sandra García (inspirada en la novela que alimentó la película “Quo vadis?”, además de los textos clásicos de Petronio y Suetonio), dirigida por Alberto Castrillo-Ferrer. El espectáculo resultante es una sucesión de escenas a través de las que se presenta la torturada personalidad del emperador, más en relación con asuntos que podríamos llamar domésticos (retorcidas relaciones familiares, su caprichosa sexualidad, las inquietudes artísticas que desembocaban en chuscas actuaciones) que con aquellos ligados a la gobernanza política del Imperio. Tampoco el tratamiento de la paulatina penetración del cristianismo, fuerza histórica que terminará por socavar las bases ideológicas y religiosas del mundo clásico, pasa de ser más allá que un capricho de faldas y una querella por la propiedad de una esclava. Un Nerón amanerado hasta lo empalagoso maneja su exigua corte como haría un niño con un juguete. A su alrededor, pululan la frívola Poppea, retorciéndose sobre el diván; el dúctil Petronio, sibilino y zalamero; el tosco pretoriano Tigelino; el eunuco Esporo; el legado Marco Vinicio, galán confuso; la evanescente cristiana Ligia y hasta el apóstol San Pablo. Entre justas poéticas e insinuaciones picantes (al estilo de Chelito y su pulga), se producen apariciones fantasmales que originan situaciones en las que la desdoblada mente del emperador parece habitar en dos mundos simultáneos. Agripina, madre incestuosa de Nerón, y a la vez la mano que guiara su singladura (asesinatos mediante) hacia la dignidad imperial, protagoniza analepsis en las que vemos al Nerón infante apuntando maneras. Una vez asesinada, su personaje recorre la escena afeando a Nerón su ingratitud y anticipando su negro futuro. Mientras, Petronio maniobra para sobrevivir, y ya de paso, trata de colocar a su pariente Marco Vincio en la corte por aquello del buen medrar, aunque el legado tiene otras prioridades, epatado por la belleza y el recato de Ligia.

No se puede negar que el montaje funciona como juguete teatral, la escenografía es atractiva y está bien iluminada, las escenas están bien dirigidas, se supera la dificultad de ocupar con pocos medios el gran espacio del teatro romano, y la historia se sigue con interés, aunque hay un problema general de falta de profundidad en el tratamiento de situaciones y personajes, una búsqueda demasiado superficial de una comicidad tal vez un poco facilona, muy efectiva en términos de respuesta inmediata por parte del público, pero que lastra en demasía el dramatismo que demandan ciertas escenas, y hace que, al final, todo parezca de broma, desde la decapitación indiscriminada de los enemigos del emperador hasta su propia muerte, pasando por el inevitable incendio de Roma y la amenaza de las tropas de Galba llamando a las puertas de la ciudad. Raúl Arévalo encabeza el reparto, y su Nerón responde a lo indicado, mucho más eficaz en los aspectos cómicos que cuando la situación o el texto demandan gravedad. Es un actor con talento, y ese talento es evidente en su trabajo, aunque me hubiese gustado verle más retado a emplear un registro de mayor profundidad dramática. Francisco Vidal muestra veteranía y tablas, y su Petronio deja traslucir, por detrás de sus halagos y parabienes, al hombre culto y sensible que sufre ante los excesos de una corte enloquecida. La Agripina de Itziar Miranda muestra la energía y ambición de una cortesana, y la esperable degradación moral dada la trayectoria del personaje, pero a su composición le falta tal vez un poco de la sutileza y el empaque aristocrático que podríamos esperar de una mujer educada en la Corte y adiestrada en la intriga palaciega. José Manuel Seda es el enamoradizo Marco Vincio, personaje en el que se encarnan los valores de la Roma castrense, aderezados por la ambición artística de quien se confiesa escultor, y que se coloca como una contrafigura del degenerado Nerón. El actor desempeña su papel con un aire acertado de galán clásico. Diana Palazón da vida a una desdibujada Poppea, personaje que se diluye en una sensualidad un poco ramplona y en un muy segundo plano, siempre al pairo del emperador. El Tigelino de Javier Lago, personaje también muy secundario, resulta un poco rígido a fuerza de ser marcial. Daniel Migueláñez resulta creíble como el voluntarioso eunuco Esporo, aunque menos afortunada resulta su composición de un juvenil San Pablo encendido por el entusiasmo del creyente proselitista, pero demasiado poco patriarcal. La Ligia de Carlota García resulta protomártir y angelical, inaccesible a los maduros empeños de su admirador.

domingo, 1 de julio de 2018

Diversión

"Arlecchino, servitore di due patroni", Piccolo Teatro de Milán
"Arlecchino, servitore di due patroni", de Carlo Goldoni. Dirección de Giorgio Strehler. Una producción Piccolo Teatro di Milano y Teatro d'Europa. Teatro de la Comedia de Madrid. Comentario a la función del día 24 de junio de 2018. 


Giorgio Strehler y su recién creado Piccolo Teatro de Milán, dieron a luz nada menos que en 1947 al montaje de  la obra de Carlo Goldoni, “Arlecchino, servitore di due padroni”, del que hemos podido disfrutar por unos días en el Teatro de la Comedia de Madrid, con la veneración debida a una obra maestra pero con el jolgorio gozoso que provoca su ánimo gamberro y su espíritu infantil, ese intención guiñolesca plena de juego y de imaginación que alienta en el montaje y que es la clave de una infinita fascinación. El Arlecchino de Strehler (timoneado ahora por Stefano de Luca) es una expresión de teatro popular que se eleva sobre un espíritu limpio y una apabullante sencillez. Por encima de los enredos chuscos y no particularmente originales que van empujando la trama (amores cruzados, identidades disfrazadas, ingenio azuzado por la carpanta), está la magia de la representación y su capacidad para extraer de nosotros el ceño fruncido y el mal vinagre, y ponernos sin que nos demos cuenta unos pantalones cortos y una piruleta en la mano, recuperados para un gozo transparente e infantil. El montaje se basa en una tramoya escueta (movimiento de cortinas pintadas de fondo para significar los espacios, simpáticas candelinas alrededor), un vestuario colorido y alusivo acompañado de las máscaras en los personajes de la comedia del arte presentes en la representación (Arlecchino y su remendado multicolor, Pantalone con su luenga y afilada barba, Il Dottore y su barrigón, Brighella con su gorro y sus guisos), y un juego de complicidades en el que la apelación directa al público, la búsqueda de su asentimiento participativo, se convierte en un elemento fundamental. La prestancia literaria del texto, su propia y exacta comprensión, ocupan un muy segundo plano, arrumbados por la gracia del movimiento, la coreografía de las situaciones y la exactitud de la expresión. El acróbata saltimbanqui Arlecchino (encarnado por Enrico Bonavera) reina sobre el espectáculo al administrar el enredo principal (servir a dos amos para comer el doble, amos que son a su vez protagonistas del enredo amoroso y de la identidad disfrazada, y acumular confusión tras confusión de misivas, vestidos y dineros) e incendia la escena con sus movimientos llenos de gracia y precisión, mientras el resto de personajes gritan, gesticulan y hacen aspavientos en una ceremonia divertidísima de la exageración. La visita de esta institución cultural europea es una ocasión inolvidable, que esperemos tenga continuidad. Serán siempre muy bienvenidos.

sábado, 30 de junio de 2018

Máscaras enfrentadas

"El tratamiento", de Pablo Remón, en el Teatro Kamikaze
"El tratamiento", texto y dirección de Pablo Remón. Producción de La_Abducción y Buxman Producciones con el apoyo de la Comunidad de Madrid. Teatro Kamikaze. Comentario a la función del día 26 de junio de 2018.

Una afortunada reposición en un teatro que siempre ha defendido su carácter de sala de repertorio, me ha permitido presenciar una función de “El tratamiento”, escrita y dirigida por Pablo Remón, un todoterreno de la narrativa escénica (guionista, dramaturgo) y en este caso además director de un montaje que es de lo mejor que he visto en la presente temporada. Ambientado alrededor del peculiar mundo que rodea la producción cinematográfica, en un sentido amplio del término, el texto da cuenta de las tribulaciones de Martín, cuarentón aspirante a guionista que sueña, con su película bajo el brazo (una historia con niños, maestros y pájaros en la Guerra Civil), verla trasladada a la pantalla, mientras sobrevive dando clases de técnicas narrativas, o escribiendo textos comerciales para televisión. La peripecia de Martín (un hermano muerto, un guion a cuestas, un matrimonio roto, un hijo, un amor perdido), espina central del montaje, se enriquece con la adicción de historias conexas articuladas con un ritmo oportunamente cinematográfico, con un estilo narrativo moderno y muy eficaz. Lejos de la digresión o la ocurrencia disruptiva, estas otras “novelas dentro de la novela”, analepsis locutadas a veces por los propios actores revestidos de repente con la voz talar de un narrador no del todo omnisciente, van permitiéndonos conocer mejor a Martín, moldeado (como cualquiera) en gran medida por las pérdidas, por las renuncias, por tragedias personales que en el montaje se exponen con una delicadeza sin estridencias, con el pudor recogido que demanda siempre el auténtico dolor. Porque el tono lleno de honesta y sincera humanidad, esa ternura con la que se dibujan los personajes, la cercanía compasiva con la que se aproximan a nosotros hasta hacer que nos vincule (por lo menos a los hemos pasado la cuarentena sin haber cumplido aún los cincuenta años) un espacio generacional compartido, nos emociona despacio, sin atropellarnos, consolados por un humor destilado de comedia fina, casi wilderiana (o wilderiana sin casi).

El pulso cinematográfico con que se van hilvanando las sucesivas escenas, no merma ni un ápice su sentido profundamente teatral. Posibilidades de historias ornamentan historias ciertas a medida que el proyecto de Martín adquiere una corporeidad alucinada, empujado por una productora con verborrea y por un director onanista y febril. Una historia de amor frustrado nos introduce a Cloe, personaje en apariencia distante que esconde en realidad un futuro conmovedor, mientras ronda por la escena casi sin ser visto el espectro de Lucas, el hermano perdido. Las escenas entre Cloe y Martín, nimbadas por el aire espectral que es propio de los recuerdos, están entre lo mejor de todo lo bueno que ofrece el montaje, por la hondura emocional sin estridencias que la sinceridad de los personajes (de la mano de sus intérpretes) es capaz de alcanzar, al reencuentro de lugares perdidos en los que brillan los soles mediterráneos que calientan piedras milenarias, sostén de nuestra civilización. La sucesión (mejor, la combinación) de comedia y drama, el tránsito siempre sutil de carcajada a lágrima (llorar de risa, llorar de pena), es administrado por Remón con una cadencia ejemplar. El autor de un texto fabuloso remata la faena con una dirección cuidada, que se adivina minuciosa en la atención a los detalles, a la vez que generosa con unos actores en los que se detecta una libertad interpretativa nunca encorsetada que resulta refrescante. El reparto (multiplicados los roles salvo en el caso de Francesco Carril) responde al reto con unas interpretaciones que destacan por una gratificante sensación de naturalidad. Francesco Carril compone un Martín soñador y algo atolondrado, acosado por la sensación de pérdida y por un carácter en el que se detectan evidentes signos de fragilidad (en su renuncia permisiva ante el desmochado de su guion, en la manera con que simula entusiasmo y conformidad ante las astracanadas de sus alumnos del taller de escritura, en la contención con que deja que se escape su amor auténtico), aunque es precisamente esa condición de soñador frágil, con toda su carga de sufrimiento, la que nos lo hace entrañable y conmovedor. La Cloe de Bárbara Lennie, personaje tratado con infinitas sutileza y ternura, administra con respecto a Martín un aire ambiguo que está entre la distancia y la complicidad, muy distinto de la radical enajenación y la dispersión de ideas con que la actriz reviste al personaje de la productora teatral, en un meritorio juego de máscaras enfrentadas. Entre los personajes de cuya interpretación se encarga un entonado Emilio Tomé, destaca el del alumno de Martín, adepto de las tendencias cinematográficas más desacomplejadas (extraterrestres destructores entre una apocalíptica orgia de explosiones). Francisco Reyes explora una veta de enormemente efectiva comicidad en su interpretación del director de blockbusters al que se le ofrece llevar a la pantalla el tratamiento de Martín, y que remata por todo lo alto con la construcción del taxista filósofo y empático que mantiene un diálogo imposible con Martín. De entre los personajes y escenas de Ana Alonso, me quedo con la de la terapeuta, en la que desnuda con su bien administrada firmeza la confusión afectiva y mental en la que se debate el protagonista. Una joya teatral a la que auguro un largo recorrido y merecidos éxitos. Hasta el 15 de julio en el Teatro Kamikaze, perdérsela sería un delito.