sábado, 10 de junio de 2017

Arte, o la mandíbula batiente

Roberto Enríquez, Jorge Usón y Cristóbal Suárez en "Arte"
"Arte", de Yasmina Reza. Dirección de Miguel del Arco. Producción de El Pavón Teatro Kamikaze. Teatro Pavón de Madrid. Comentario a la función del día 8 de junio de 2017.

Más allá de un montaje sobrio y a la vez lleno de exuberancia que proporciona el placer casi carnal de asistir a una función desternillante, “Arte” de Yasmina Reza/Miguel del Arco es la disección que sostiene un tratado anatómico de la comedia, por la exploración de sus mecanismos y la precisión, verbal y física, con que dichos mecanismos se movilizan y entran endiabladamente en juego, con la negrura luminosa del mejor Wilder, con su misma mala leche preñada de misericordia y de humanidad. La compra por parte de Sergio de un cuadro blanco sobre fondo blanco con unas fíniiiiiiiiisimas rayas blancas en diagonal, obra maestra de un artista contemporáneo, es el Mcguffin (dadas las circunstancias cualquier otro hecho distinto al de la compra del cuadro hubiese funcionado como espoleta para una detonación que enseguida intuimos como inevitable) que impulsa la reacción despectiva de Marcos y la intervención conciliadora de Iván, triangulo amistoso sostenido en un peculiar e inestable juego de roles y equilibrios que implosiona porque no puede sostenerse más. Dadas estas premisas, del Arco concibe un “Arte” físico y temperamental, alejado de aquel exquisito juego burgués con el que Flotats estableció una referencia insoslayable. Moviendo atrás en el tiempo el origen de esta amistad (si en el original los personajes son amigos desde hace 15 años, y se han conocido ya en la edad adulta, del Arco asienta la relación en los tiempos siempre fértiles de la educación secundaria), la forma en que los personajes se relacionan varía en consonancia, y hace verosímiles actitudes propias de la adolescencia, y la propia pervivencia de una amistad anclada en la incondicionalidad que cimenta las relaciones “de toda la vida”, y las sostiene a despecho de la evolución personal y los cambios propios de la maduración de cada cual. Con la entregada complicidad de unos actores comprometidos en el empeño, del Arco consigue despegar su montaje del influjo de montajes anteriores muy exitosos (Flotats, los argentinos) y aportar una perspectiva diferente, incluso desde el punto de vista escenográfico, huyendo del blanco dominante en dichos montajes y apostando por un escenario casi del todo desnudo determinado por una inclinada perspectiva gris sobre la que proyectar como un grito mudo la insultante blancura del cuadro. Consigue también que, más allá de la hilarante comicidad de las situaciones, brillantemente engarzadas a ritmo trepidante, seamos conscientes de que lo que presenciamos es el gran drama del derrumbe de una vieja amistad, y es esa conciencia la que da negrura al humor y convierte nuestras carcajadas en un poco vergonzantes, pues en el fondo nos estamos riendo de la desgracia ajena y de unos personajes en los que habita una profunda ansiedad y un evidente sufrimiento. Pero, como señalaba Miguel del Arco en el fructífero encuentro con el público posterior a la función, más allá de esa crueldad implícita en las reglas de la comedia, que nos hace reirnos del que tropieza y se cae, existe en “Arte” una característica según él propia también de las obras de Moliere (singularmente mencionó “Misántropo”), y es el uso del humor como relajante, como vehículo, y casi como inadvertido ariete, para atrapar la conciencia del espectador y colocar más profundamente mensajes de calado.
El entendimiento y la complicidad entre los tres protagonistas son imprescindibles en un montaje que depende tanto de sostener bien arriba la temperatura durante toda la función y el mecanismo ajustado con precisión. En este sentido, el trabajo de los implicados resulta ejemplar, pues, dóciles a las indicaciones de la dirección, pero denotando que hay sobre las tablas un espacio libre del que el dueño absoluto es el actor, mantienen la tensión aun a costa de jugarse el tipo, en una función en la que conviven con el riesgo de perder el tono o de (en palabras de Jorge Usón en el mencionado encuentro) de envalentonarse y mendigar la risa negociando con el sainete y con la caricatura para abaratar el producto. Muy de otro modo, los actores escalan su actuación de acuerdo con la dimensión y el arco psicológicos de cada uno de sus personajes. Cristóbal Suárez es Sergio, el dermatólogo aburguesado que vive con la fascinada entrega de un primer amor su descubrimiento del arte contemporáneo, y que se complace además con la posesión de un objeto de cuestionable categoría estética por el que ha pagado un dinero que da cuenta de su desahogada situación. Hay en su actitud tanto encandilamiento infantil como un presuntuoso afán exhibicionista mezclado con pura tontería, además de la necesidad que su entusiasmo encuentre eco en el de sus amigos. Roberto Enríquez es Marcos, un ingeniero agarrotado por la ansiedad que pretende administrar tanto la conciencia moral como el canon estético del grupo, y más precisamente, conservar sobre Sergio una especie de patronazgo intelectual que considera más que un privilegio, un derecho que está autorizado a reclamar ante las veleidades del amigo ensoberbecido por el nuevo círculo de relaciones con el que traiciona su confianza. La risa histérica que le provoca la contemplación del lienzo camufla mal el furor que le retuerce los intestinos cuando piensa en la posición perdida. Y un enorme Jorge Usón que amenaza con comerse la función cada vez que interviene interpreta a Iván, el inmaduro y desmanotado dependiente de papelería que encierra un corazón de oro bajo su pecho de patán descoordinado. Tácitamente destinado al rol de dispensador de bufonadas, y al de (no solo en sentido figurado) payaso de las bofetadas, sortea con nulo éxito y un generoso espíritu conciliador los embates de unos amigos que solo cuando se trata de burlarle y zaherirle recuperan la sintonía perdida, mientras lidia en terreno aparte con la celebración de una boda tardía que se complica por las intervenciones histéricas de su novia y las respectivas familias. Su actuación es un prodigio de verborrea, comicidad y tempo, una energía volcánica derrochada a kilotones, un trabajo inspirado y singular que por sí solo justificaría asistir a la función. Hasta el 30 de julio en el Pavón Teatro Kamikaze.


sábado, 27 de mayo de 2017

Shakespeare reloaded

"La ternura", en el Teatro de la Abadía
"La ternura", de Alfredo Sanzol. Dirección Alfredo Sanzol. Teatro de la Ciudad y Teatro de la Abadía. Comentario a la función del día 18 de mayo de 2017.

Alfredo Sanzol escribe y dirige “La ternura” en el marco de la indagación del Teatro de la Ciudad sobre Shakespeare y la comedia que se presenta estos días sobre las tablas del Teatro de la Abadía de Madrid. Que Sanzol atina con la tecla se puede advertir participando del rendido entusiasmo y las francas carcajadas con las que el público celebra las felices ocurrencias del montaje. Su texto compendia, a modo de reelaboración afortunada, elementos presentes en el universo de las obras de Shakespeare, al que no versiona sino que recrea con acento propio. Hay en “La ternura” una isla y un naufragio, guerra de sexos y juegos de identidades trastocadas, padres dominantes e hijos devotos, alabanzas a una naturaleza que entrega sus dones con generosidad, y una magia de sortilegios y pócimas impulsando enredos. La reina Esmeralda y sus hijas arriban a una isla que creen desierta y en la que desean establecer una república poblada exclusivamente por mujeres. Pero la isla está habitada por el leñador Marrón y sus hijos Azulcielo y Verdemar, que, arrastrados por la misoginia del padre, han establecido una comunidad silvestre masculina entregada al disfrute de una bucólica rusticidad. El encuentro es inevitable, y, con las mujeres travestidas en grupo de soldados bizarros, la curiosidad y el deseo comenzarán a obrar lenta pero implacablemente, provocando que se encadenen las situaciones hilarantes en un crescendo sin desmayo que desemboca en un apoteósico final. El armazón verbal se sostiene en una comicidad cargada a veces de lirismo y a veces de munición gruesa y siempre de atinada intención, y el desarrollo de la dramaturgia en un ritmo endiablado y en una no menos destacable precisión. Ubicado en una escenografía de casi absoluta desnudez, el montaje adquiere un aire mayor de juego teatral que me hacía pensar en las palabras de Cervantes sobre Lope de Rueda: “En el tiempo deste célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en quatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado, y en quatro barbas y cabelleras, y cuatro cayados, poco más o menos”. Ese aparataje modesto parece liberar las energías de los actores que, trasfigurados y casi poseídos por el espíritu de la gracia, se adueñan por entero del espacio (escenario, entre bambalinas y tras bastidores), y dicen sus versos y encarnan sus personajes con una conmovedora convicción. Cuenta Sanzol para la ocasión con sospechosos habituales en sus montajes. El mismo Juan Antonio Lumbreras que buscaba la ceguera por contrición en el Edipo del año pasado en este mismo escenario, se marca ahora un descacharrante por divertidísimo leñador Marrón: cadencia en el verso, gracia en el gesto, entonado en el decir, intencionado siempre, en una memorable actuación. Frente a él (y nunca mejor dicho), una Elena González que tampoco le va a la zaga a la hora de componer una Reina Esmeralda llena de fogosa ferocidad, bruja no solo por sus conjuros sino por su aviesa intención y por su vocación tiránica. Paco Déniz es Verdemar, el hijo mayor de Marrón, hombre arrastrado por fidelidad a la loca empresa aislacionista del padre, y protagonista de una de las mejores escenas de suplantación de personalidad que puedan verse, resuelta con una insuperable habilidad. Javier Lara es su hermano Azulcielo, jovenzuelo asilvestrado (un remedo tal vez de Calibán), al que carcome la ansiedad por conocer mujer. Natalia Hernández es la princesa Salmón, hija de Esmeralda cuyo propósito traiciona en cuanto el azar le pone un hombre a tiro, al igual que su hermana Rubí, interpretada por Eva Trancón, magníficas ambas en su barbado transformismo y en su a duras penas simulada femineidad. Un montaje memorable que de ser repuesto gustará volver a ver. Hasta el 4 de junio en el Teatro de la Abadía.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Y lo demás es silencio...

"Refugio" en el Teatro María Guerrero
"Refugio", texto y dirección de Miguel del Arco. Producción del Centro Dramático Nacional. Teatro María Guerrero de Madrid. Comentario a la función del día 17 de mayo de 2017.

Miguel del Arco entrega con “Refugio” un texto crujiente atravesado por las urgencias de la realidad más inmediata. Suso, un político cercado por los casos de corrupción que amenazan su carrera, y su familia, afectada por una evidente disfuncionalidad (una cantante enmudecida empapada en alcohol, una suegra respondona, una hija airada, un hijo adolescente entregado a una violencia paradójicamente nihilista e indolente), han acogido en su casa a un refugiado emergido del naufragio de una balsa en el que ha perdido a su mujer y a un hijo muy pequeño. Enclaustrados en la jaula de cristal en la que su condición de personajes públicos y el acoso de la prensa ávida de sensaciones ha convertido su hogar, se pasean furiosos e insatisfechos como panteras lanzándose hirientes zarpazos a la menor ocasión, ante el silencio confuso de Farid, el refugiado, al que enmudecen tanto el desconocimiento de un idioma extraño como las voces hirientes de sus fantasmas, encarnación de la culpa por no haber hecho más por salvar a su familia. Es en la intersección entre ambas realidades, superpuestas como aceite y agua, donde el montaje hace manar la sangre, porque “Refugio” es, con todo su ímpetu y toda su descarnada visceralidad, un lugar donde los personajes se desangran en medio de una incomunicación monstruosa, porque si entre Farid y la familia del político se interponen los muros sólidos del desconocimiento del idioma y las costumbres y de la brecha religiosa y cultural, entre los miembros de la familia se cavan las zanjas del desamor, la falta de respeto, el desgaste de la convivencia, los efectos perniciosos de la opulencia material y el abuso de una posición social preeminente para dispensar prebendas y obtener privilegios. Refugio es también, con toda su dureza y toda su desesperanza, una toma acelerada del pulso moral de nuestra sociedad, un retrato vigoroso de nuestra superficialidad, de nuestra exposición constante sin intimidad, de nuestro ombliguismo, de nuestro olímpico desprecio, de nuestros discursos improvisados y de nuestros gestos ampulosos pero vacíos de auténtico compromiso ante las desgracias que suceden a nuestro alrededor, una sociedad de pollos sin cabeza que se mueven por impulsos, esclavos de la inmediatez, de la causa del día, del titular llamativo, de la imagen compuesta aunque sea irreal. El (inevitable) peso moralizante de la obra, la necesidad de modelos que sean en cierta manera arquetípicos para que la fábula funcione, le da a alguno de los personajes una cierta rigidez, aunque los retratos humanos resultan en su conjunto verosímiles. Colocados sobre una escenografía sugerente (Paco Azorín) muy bien iluminada (Juan Gómez-Cornejo) que protagoniza la jaula de paredes de cristal crecida sobre las ruinas de una familia rota, los personajes interaccionan salvajemente ante la pavorosa mirada del atónito testigo de sus convulsivas recriminaciones. El montaje tiene ritmo y nervio, el tempo acelerado y sanguíneo de las discusiones familiares enfriado por las evocaciones nocturnas de Farid como por las aguas oscuras de un Mediterráneo insospechadamente helador. Israel Elejalde compone con maestría el personaje de Suso, a mi juicio el más complejo, el político vivales cuyas intenciones filantrópicas han sido ahormadas por el ejercicio del poder, y que ahora justifica sus “descuidos” en que al fin y al cabo aprovecharse es la costumbre, lo que hacen todos. Sometido al escrutinio público, a las luchas de poder dentro de su propio partido y al bombardeo en picado familiar, adquiere conciencia del tipo de persona que ha llegado a ser, y muestra al menos una pesadumbre que recuerda un poco a la del tío de Hamlet (¿de qué me sirve arrepentirme si gozo del fruto de mis pecados?). Hay en él un fondo incluso de bondad, insuficiente para ocuparse seriamente del hombre que, al acogerlo bajo su techo, se ha convertido en su responsabilidad. Raúl Prieto es Farid, el refugiado que con su mirada atónita, con su silencio denso, con su drama y con su culpa nos congela el corazón. Vemos en él al hombre culto y pacífico que ha visto derrumbarse el mundo a su alrededor, y que aún confía, con la ingenuidad que nace de ansiar lo que es necesario, en encontrar en esa Europa cuyas luces guiñan como cantos de sirenas entre la oscuridad del mar un espacio de paz en el que criar a su hijo. Vemos a un hombre entregado al silencio porque lo que quisiera decir no hay garganta que sea capaz de gritarlo. Vemos al desarraigado, al errante, al extranjero, al otro de cuyas intenciones siempre sospechamos y en el que intuimos una violencia que nos aterra más de que nos horroriza la que él ha sufrido realmente. Beatriz Argüello es Amaya, la mujer del político, cantante de ópera afamada que ahora baña en vino su mudez, recorriendo su casa con el aire ausente de un fantasma que se desentiende ante el desplome que origina el desamor, sumergida en la evocación de sus éxitos pasados como en su onírica interpretación de Liebestod de Isolda (aunque es una escena que no me termina de convencer). Carmen Arévalo es Alicia, la madre de Amaya, mujer desubicada, a la vez madre de artista y suegra reivindicativa en la facción de cualquier tiempo pasado fue siempre mejor. María Morales es Sima, la mujer de Farid, espectro húmedo y oscuro que atruena a voces la conciencia del refugiado. Macarena Sanz es Lola, la hija universitaria, radical al uso, las espaldas cubiertas por el dinero y las influencias de papá, y el impulso de reclamar de los desposeídos (mano de obra revolucionaria) un sacrificio que ella está muy lejos de querer realizar. Hugo de la Vega es Mario, el adolescente banal cargado de una rabia estéril que fabula matanzas virtuales a través de la consola. En el María Guerrero hasta el 11 de junio (y esperemos que más adelante en el Kamikaze, porque hay mucha gente que se va a quedar con ganas de verla).



lunes, 22 de mayo de 2017

Caleidoscopio

"Sueño", de Andrés Lima, en el Teatro de la Abadía
"Sueño", de Andrés Lima. Dirección de Andrés Lima. Producción Teatro de la Ciudad y Teatro de la Abadía. Teatro de la Abadía de Madrid. Comentario a la función del día 11 de mayo de 2017.

Por segundo año consecutivo, el Teatro de la Ciudad muestra los frutos de su trabajo en los escenarios del Teatro de la Abadía. Si el año pasado nos conmovían casi hasta el susto con una triple visión de la tragedia clásica (Antígona, Medea, Edipo), este año, ocupado Miguel del Arco por la absorbente aventura del Teatro Kamikaze, son Andrés Lima y Alfredo Sanzol los que acercan su mirada personal a la comedia, y más precisamente, a la comedia según Shakespeare. El trabajo de Lima es una aproximación al ambiente y a los personajes de “Sueño de una noche de verano” a través de una experiencia personal: el fallecimiento de su padre, un acontecimiento cuya lejanía con la comicidad determina en gran medida el riesgo de una propuesta que busca indagar en los límites del género (o convertirse en transgénero, según su director). Con el propio Lima personado en la obra a través del personaje interpretado por una magnífica Nathalie Poza, la cama del padre doliente postrado en una residencia de ancianos es el eje sobre el que gira un caleidoscopio hecho de escenas y dominado por la alucinación y el sueño, tanto como por el erotismo y por la muerte. Las percepciones lisérgicas del anciano impulsadas por la enfermedad y por el alcohol, y una doble narrativa, la del propio anciano en su interlocución con el personaje de una loca, y la de un hijo que en ocasiones me recordaba por su fragilidad sincera al Mouawad de “Un obús en el corazón” o “Litoral”, nos llevan de la mano, a ritmo de vaivén, a través de un recorrido hecho de dinamismo y energía en el que conviven los personajes descritos con Lear o la Reina de las Hadas, en una dramaturgia pletórica de calculada confusión. Crece, en mi opinión, el montaje cuando el anciano muestra sus debilidades y el hijo su apesadumbrada melancolía, en un ejercicio de búsqueda e intimidad imposible particularmente conmovedor, y se resiente por una cierta reiteración de las escenas dominadas por la melopea y el saeteo de las luces estroboscópicas, aunque merece aplauso el atrevimiento de una propuesta que escarba en los límites y huye de lo convencional. Chema Adeva transita en su interpretación del padre moribundo de un estado casi cadavérico a una cavernosa y pletórica sensualidad decadente, en un trabajo lleno de intención y de profundidad. Laura Galán destila curiosidad y ternura en el papel de la loca compañera de internamiento del anciano. Ainhoa Santamaría y María Vázquez multiplican sus papeles con tino. Completa el reparto Nathalie Poza, magnífica como ya decíamos, en los papeles del hijo y de Helena. Hasta el 18 de junio en el Teatro de la Abadía.